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Pacientes que se vuelven maestros.

  • Foto del escritor: CuidadosPaliativos
    CuidadosPaliativos
  • 13 may 2022
  • 2 Min. de lectura

Tengo meses con tu nombre rondando en mi cabeza. Aquella plática rápida sobre situaciones contables y nuestro disgusto por lo que hacía el presidente.

Consciente, claro y firme en tus deseos. Decías que ya le habías echado ganas, ya se había hecho de todo y la situación no mejoraba. Estabas listo para partir, cansado de una unidad fría e incómoda para ti y tu familia, cansado de tratamientos molestos e invasivos que no modificaban tu condición clínica. Pero todos te decían que no hablarás así, que siguieras echándole ganas.


En algún punto mostraste una leve mejoría, quizá podrías recuperarte e ir a casa después de todo. Pero el riñón falló. Seguía la hemodiálisis y esperar lo mejor.

Nos dijiste que no, que querías ir a casa. Hablaste con tu esposa, le dijiste cuanto la amabas y le agradeciste el tiempo compartido, pero era tiempo de aceptar lo que sucedía y dejarte descansar.

Ahí estaba junto a ti. Todos los médicos decían que era lo que seguía, que seguro mejorarías con ello. Pero tú sabías mejor que ellos, que no sería así.


Paradójicamente a lo que siempre hago, quise creer que unos días con hemodiálisis te permitirían ir a casa y darte unos meses más de vida. Te expliqué las posibilidades, tu familia insistió, y finalmente accediste, más por ellos que por ti, así de grande es el amor. Se te colocó el catéter, inició la terapia, y te deterioraste rápidamente. En pocos días partiste, en esa unidad fría e incómoda, en medio de la rutina de un día cualquiera dentro del hospital, donde solo fuiste una cama más que se desocupaba.

Cuánto hubiera deseado que te fueras tranquilo en tu cama, con los tuyos. Tranquilo y sereno, en casa, justo como deseabas.


 
 
 

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