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Manifiesto de un médico de cuerpos, almas y umbrales de despedida

  • Foto del escritor: CuidadosPaliativos
    CuidadosPaliativos
  • 25 nov 2025
  • 2 Min. de lectura

VIVE.

Ese es el recordatorio que me dejan mis pacientes, una y otra vez, con la suavidad de un susurro y la fuerza de una verdad esencial.

Vivir, sin dejar atrás mi bienestar.

Servir, sin perderme.

Acompañar, sin extinguir mi luz.


He elegido un camino donde el tiempo es distinto, donde cada respiración cuenta y cada gesto revela algo profundo del ser humano.

En este trayecto he aprendido que no se puede acompañar a otro al final de su vida si una misma deja de vivir en el proceso.


Por eso hoy me digo con honestidad:

Quiero servir sin dejarme la vida en ello.

Quiero acompañar desde un lugar que también me contenga, que no me arrastre, que no me queme.

Quiero darme a otros porque en ese dar encuentro sentido, pero también quiero darme a mí la pausa necesaria para sostenerme.


Quiero ser humana y compasiva, empezando conmigo.

La compasión no es un acto heroico; es una postura vital.

No nace del sacrificio, sino de la presencia.

Y la presencia requiere descanso, silencio, límites, ternura interior.


Quiero vivir con pausas, silencios y escucha.

Validar el sentir del otro…y también el mío.

Escuchar la historia de quien acompaño…

y también escuchar mi cuerpo cuando dice “basta”.


Quiero sostener el caos sin convertirme en él,

y respirar la calma sin sentir culpa por necesitarla.


Porque en la orilla de la vida, donde todo es honesto y urgente, mis pacientes me han enseñado lo esencial:

Vive.

Despacio.

Con consciencia.

Con los sentidos abiertos.


Siente el viento en tu piel.

Siente tu inhalación como una posibilidad.

Siente que existes, aquí, ahora, en este instante irrepetible.


El paciente al final de la vida es un libro de sabiduría pura.

Cada uno con forma, color y tiempo distinto.

Cada uno sagrado y abierto, esperando ser visto sin prisa, sin juicio, sin miedo.

Ellos enseñan sin proponérselo:la fragilidad, lo valioso, lo urgente, lo auténtico.

Enseñan que respirar es un privilegio.

Que amar es lo que permanece.

Que la vida, toda la vida, cabe en un instante lúcido de verdad.


Acompañar el final es aprender a vivir.

Es sostenerse en la simplicidad.

Es entender que el propósito no está en lograr más, sino en estar mejor.

Que la trascendencia no es fama, sino presencia.

Que el servicio más verdadero nace del bienestar, no del sacrificio.


Este es mi camino, mi vocación, mi forma de permanecer fiel a lo que soy:

Acompañar la vida hasta su último momento sin olvidarme de la mía.

Servir desde un corazón vivo, no desde un cuerpo agotado.

Honrar a mis pacientes viviendo con la misma consciencia que ellos me enseñaron a cultivar.


Ese es mi compromiso.

Ese es mi manifiesto.



Dra. Ana Castañeda

 
 
 

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